Tres funerales y un vendaval

Quemadme. Y dejad que mi cuerpo, recién abrasado, se disperse; porque nada, ni siquiera las cenizas, quisiera dejar tras de mí. Pero, si tal cosa no es posible, llevad la urna funeraria a Sicilia y metedla en alguna piedra tosca en la campiña de Agrigento, donde nací.

Tal fue el cuarto deseo en relación con su muerte expresado por Luigi Pirandello, que falleció en Roma el 10 de diciembre de 1936 a los 69 años de edad. Los otros tres especificaban que no deseaba que su muerte se hiciera pública, que no se lo vistiera ni le pusieran flores ni cirios junto al lecho y que su cuerpo fuera llevado por el carro de los pobres, sin más acompañamiento que el caballo y el cochero. Al parecer, los tres primeros se cumplieron. El cumplimiento del cuarto se atascó justo después de la cremación. Ni la familia ni los jerarcas del régimen fascista italiano ni la jerarquía católica quisieron seguir cumpliendo el testamento. La urna con las cenizas fueron llevadas al cementerio romano del Campo Verano.

Monumento con las cenizas de Pirandello, bajo el «pino solitario». Fuente de la imagen: sicilyweb.it

Al cabo de diez años, tras la conclusión de la Segunda Guerra Mundial, el alcalde democristiano de Agrigento reclamó los restos del escritor y, a pesar de las dificultades del momento, el jefe de gobierno Alcide de Gasperi logró la ayuda de las fuerzas estadounidenses y la cesión de un avión para el traslado de las cenizas, que fueron introducidas en una crátera griega del siglo V meticulosamente embalada dentro de una caja. La gestión fue encargada a Gaspare Ambrosini. Se dice que en ella pudo participar un joven Giulio Andreotti que se iniciaba en la resolución de asuntos de Estado. Se cuenta también que, enterados del vuelo con destino a Sicilia, un grupo de sicilianos solicitó subir a bordo, pero que, al conocer el contenido de la caja, insistieron en desembarcar cuando el avión estaba a punto de partir. En realidad, ese día no voló nadie, porque finalmente la aeronave no pudo despegar. Ambrosini no tuvo otro remedio que emprender el viaje en tren. Cuando llegó finalmente a Agrigento, el obispo de la ciudad se negó a bendecir una vasija pagana. Sólo accedió a bendecir las cenizas si éstas eran colocadas en un ataúd. La crátera se colocó, pues, dentro de un pequeño ataúd infantil, y el funeral pudo celebrarse con gran pompa democristiana. Tras la ceremonia, la crátera con las cenizas se llevó a la casa natal de Pirandello, a la espera de la construcción de un monumento funerario bajo un pino cercano, muy querido por el escritor.

Eso ocurrió en 1961, con motivo del vigésimo quinto aniversario de la muerte de Pirandello, cuando, de nuevo con presencia de personalidades políticas y religiosas, así como figuras literarias como Salvatore Quasimodo y Leonardo Sciascia, las cenizas se colocaron en un cilindro de metal que fue introducido en la roca convertida en monumento, a la sombra del solitario pino pirandelliano.

Ahora bien, se cuenta que, en el trasvase de las cenizas de la crátera al cilindro, los operarios descubrieron que el cilindro no podía contenerlas todas, por lo que, una vez lleno el contenedor oficial, decidieron envolver el polvo sobrante en una hoja de periódico y arrojarlo por un acantalidado vecino. Sin embargo, la operación se frustró porque una súbita ráfaga de viento dispersó las cenizas y cumplió de modo tan inesperado como inapelable la última voluntad del escritor.

En realidad, la cosa no acabó ahí: en 1994 el director del museo de Agrigento, donde se conservaba la crátera griega, descubrió que aún quedaban restos en su interior. El descubrimiento hizo que se analizaran las cenizas del escritor y se supo entonces que no sólo pertenecían a él, sino también a otras personas, desconocidas, junto con las cuales fue incinerado en 1936.

Despedido finalmente de este mundo con tres funerales y un vendaval, la historia de las cenizas de Pirandello resulta de lo más apropiada para un autor amante de las paradojas, los juegos de las apariencias y las crisis de la identidad.

La «piedra tosca» que guarda las cenizas de, entre otros, Pirandello. Junto a la roca, los restos pinos del «pino solitario» que antaño dio sombra al lugar. El árbol fue abatido por una tormenta en 1997 y desde entonces forma parte del monumento funerario. Fuente de la imagen: Notizie Comuni Italiani

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